Mañana a las 19 horas con 19 minutos, estaré dejando mis 19 años. No sé si me siento preparada, pero puede que sea un tema netamente emocional. Mi cumpleaños siempre me pone sensible.
No quiero cumplir 20; tal vez porque siento que se me escapa la vida, tal vez porque siento que los sueños se me acercan demasiado. ¿No es este el momento preciso para poner manos a la obra y concretar todo lo que un día anhelé? Después de todo, el camino que elijo está forjando, paso a paso, mi destino.
Deseo tantas cosas para mi vida, y mi cumpleaños me recuerda que ha pasado un año más, y yo sigo persiguiendo los mismos sueños.
Me aterra no tener el tiempo suficiente, me llena saber que avanzo hacia un futuro que yo misma estoy haciendo.
"Todo pasa por algo" - me repito a mí misma.
Los días han estado agitados. Más de lo normal, eso es seguro.
Suena "Stronger" de Kelly Clarckson, y yo decido levantarme a estudiar porque la próxima semana tengo certámenes todos los días.
A sólo horas de cumplir veinte años, me siento orgullosa de mí misma como persona, intento dar lo mejor cada día, ayudar a quienes lo necesitan, e ir realizando sueños sin pasar a llevar a nadie. No pretendo ser perfecta, sólo quisiera estar segura de no irme de esta vida sin haber hecho algo por ella.
Por fin estoy realizando sueños de mi infancia: El lunes 16 (con veinte años y un día) empiezan mis clases de canto; y ya llevo dos sesiones de danza, la próxima semana sigo con ellas, y pretendo quedarme por bastante tiempo.
Casi veinte años, y las muelas del juicio se han dignado a aparecer. Malditas; pero no importa. Me lleno de valor, porque en algunos días más me ingresan a pabellón para sacar esos dientes no deseados.
"What doesn't kill you makes you stronger", me dice Kelly al oído.
sábado, 14 de abril de 2012
Leerme para conocerme
Las personas suelen juzgarme sin conocerme; debe ser que hablo con palabras que no existen, casi todas mis cosas son de color rosa, soy buena para el pololeo y creo en los cuentos de hadas, las amistades eternas y el amor verdadero.
La verdad que a primera vista puedo parecer un poco inocente. Algunos dicen que no aparento los casi veinte años que ya tengo. Para ser sincera, de inocente tengo poco, aunque soy idealista, amo los animales, me preocupo del medioambiente y tengo complejo Disney, hay otra parte de mí que pocos conocen: soy fanática de los videojuegos, sueño con aprender a boxear y le miento a mi mamá.
Son pocos los que pueden decir que realmente saben quién soy; más allá de las sonrisas, hay historias que quedan perdidas en algún cuaderno, verdades que nadie conoce, y lo cierto es que me callo las penas porque me da miedo molestar.
Hay cosas en mi vida que parecen andar de cabeza. Alguna vez fui un embarazo no deseado, y probablemente tiene algo que ver con mi molestia con respecto al aborto. Nací con un ojo azul y otro café, y aunque ese pequeño problema se solucionó en gran parte, aún hay quienes se percatan de la diferencia. No tengo de qué preocuparme, he aprendido a vivir con ambas cosas.
Honestamente, no sé qué es de mi vida. Me cuesta entender quién soy y hacia dónde me dirijo; éstas deben ser las preguntas que con mayor frecuencia acuden a mis pensamientos. Estudiar periodismo no era mi sueño, ni nada parecido, aún así, disfruto mis logros y me conformo con dar lo mejor de mí en cada situación. Dejé atrás mis anhelos de ser actriz, el de cantar para mis fans y el de ser piloto de Lan Chile.
Parece que soy indecisa, pero en realidad no es así. Ocurre que no soy buena en nada, o tal vez soy un poco buena en muchas cosas… Es difícil saber cuál es tu camino cuando ninguna carrera te atrae de forma particular. Periodismo era mi última opción, pero lo único en lista que mi mamá estaba dispuesta a pagar.
Creo que estaré eternamente enamorada del amor. Soy coqueta por naturaleza, y me encanta la atención. A mis amigos los cuido con la vida, a veces siento que son lo único que tengo para sobrevivir la agitada realidad que me rodea. Y es que además de Disney, soy llorona.
Mi filosofía de vida, es hacer las cosas a mi manera. No creo en nada ni nadie; tengo en mi cabeza el concepto de que yo lo hago mejor, y por eso que no me gusta delegar tareas. Soy desobediente, desafiante, terca y testaruda. Lo admito, debo caerme un par de veces antes de aprender.
Idealista en extremo, aún creo que soy una chica que vino a cambiar el mundo y la mentalidad de las personas. Amante de los animales y eterna defensora de los perros, soy una doglover de corazón.
Hay cosas en esta vida que realmente no puedo soportar: Los argumentos débiles, las faltas de ortografía, los hombres que dicen que no lloran, las películas que no tienen finales felices, entre tantas otras cosas. Tengo poca paciencia y soy muy llevada a mis ideas.
Nací mañosa, no como verduras verde oscuro, me desagrada el pollo en forma de pollo, y encuentro insólito que algunas personas disfruten las ostras. Podría vivir comiendo sólo dulces. Soy adicta al chocolate y los helados de agua, aunque no vayan a creer que como cualquiera, porque aparte de todo, soy quisquillosa.
Disfruto con cosas pequeñas. Me fascina cantar, jugar con mi perro, conversar con mis amigos, ver la puesta de sol, tomar fotografías, cuidar niños, hacer reír a las personas… Nada me hace más feliz que tener el tiempo de sentarme a escribir libremente: en el papel siempre soy yo misma.
lunes, 9 de abril de 2012
So close, so in love
Que hermoso es oír tu voz a través del teléfono.Me cura la ansiedad, la tristeza, la soledad... Me roba el instante y el colapso premeditado. Termina de una vez por todas con esta rutina que quiere matarme.
Es maravilloso cuando jugamos enredados entre palabras y sonrisas. Puedo sentirte a mi lado; siento tus besos, tu respiración, y los latidos de ese corazón que ya ha llegado a pertenecerme.
¡Me encantas! me encanta cuando lo damos todo, cuando no tenemos miedo, cuando somos únicos y verdaderos.
No importa si me siento devastada, tu voz puede hacerme olvidar... Ruedo entre las alfombras, me amarro las piernas en un abrazo tuyo, sonrío y volvemos a empezar.
Te quiero. Te quiero tanto que no me cabes en el pensamiento.
jueves, 5 de abril de 2012
Así sí
Déjame permanecer en este momento maravilloso. No te lleves este segundo en que nuestros corazones comparten un sólo latido, porque están realmente conectados.
Aprender a someterme a la rapidez que tiene el tiempo cuando lo paso a tu lado, comprender que no siempre puedo sentirme completa. Depende de ti salvarme, enséñame a decir lo que siento, enséñame a abrirle este corazón a alguien más que a mí misma...
En este preciso momento permanecemos enredados; nos comprendemos a la perfección porque nuestros corazones comparten un sólo latidos, porque están realmente conectados.
Te quiero; te quiero tanto que hasta mi imaginación está superada.
Aprender a someterme a la rapidez que tiene el tiempo cuando lo paso a tu lado, comprender que no siempre puedo sentirme completa. Depende de ti salvarme, enséñame a decir lo que siento, enséñame a abrirle este corazón a alguien más que a mí misma...
En este preciso momento permanecemos enredados; nos comprendemos a la perfección porque nuestros corazones comparten un sólo latidos, porque están realmente conectados.
Te quiero; te quiero tanto que hasta mi imaginación está superada.
domingo, 1 de abril de 2012
Corre, corazón
Te has llevado mis sonrisas; te has llevado todo.
Me prometiste el mundo con una mirada, y te lo has llevado todo.
Me arrebatas las esperanzas, y tus palabras me hacen caer.
Hiciste que te quisiera demasiado, y hoy no te importa cuánto daño ese cariño cause en mí.
Te has llevado mis sonrisas, mi corazón... Te has llevado todo.
Me prometiste algún futuro y hoy estamos estancados en el tiempo que no corre.
Me arrebatas los anhelos, tu indiferencia me desmorona poco a poco.
Hiciste que te quisiera demasiado, y hoy no te importa cuánto daño ese cariño cause en mí.
He sido tonta, he sido débil, he sido culpable... Sigo siendo yo.
Vuelve, devuelve mis sonrisas, devuelve la esperanza, devuelve ese futuro imaginario, devuelve las razones, devuelve mis anhelos... No me dejes caer.
Me desmorono poco a poco, y tú, permaneces indiferente.
Me prometiste el mundo con una mirada, y te lo has llevado todo.
Me arrebatas las esperanzas, y tus palabras me hacen caer.
Hiciste que te quisiera demasiado, y hoy no te importa cuánto daño ese cariño cause en mí.
Te has llevado mis sonrisas, mi corazón... Te has llevado todo.
Me prometiste algún futuro y hoy estamos estancados en el tiempo que no corre.
Me arrebatas los anhelos, tu indiferencia me desmorona poco a poco.
Hiciste que te quisiera demasiado, y hoy no te importa cuánto daño ese cariño cause en mí.
He sido tonta, he sido débil, he sido culpable... Sigo siendo yo.
Vuelve, devuelve mis sonrisas, devuelve la esperanza, devuelve ese futuro imaginario, devuelve las razones, devuelve mis anhelos... No me dejes caer.
Me desmorono poco a poco, y tú, permaneces indiferente.
jueves, 29 de marzo de 2012
Loneliness
No tengo nada sobre que escribir, pero quiero sentarme a hacerlo de todos modos.
"Every now and then I get a little bit lonely and you're never coming around"
Me siento cansada; me pesa la vida.
Tuve la tentación de comenzar a escribir algo importante, pero más allá de las ganas, no había inspiración. Decidí permanecer en algún pensamiento vago, en un sentimiento incompleto e inesperado...
Tal vez necesito descanso, tal vez un lápiz y papel...
Tal vez sólo necesito algo de cariño.
"Every now and then I get a little bit lonely and you're never coming around"
Me siento cansada; me pesa la vida.
Tuve la tentación de comenzar a escribir algo importante, pero más allá de las ganas, no había inspiración. Decidí permanecer en algún pensamiento vago, en un sentimiento incompleto e inesperado...
Tal vez necesito descanso, tal vez un lápiz y papel...
Tal vez sólo necesito algo de cariño.
miércoles, 28 de marzo de 2012
La culpa asesinada a sangre fría
Aquella noche helaba, sin embargo, las mujeres lucían sus largos y coloridos vestidos con suma elegancia. Se movían gráciles de un lado a otro, y el castillo de Chambord, ubicado a 14 kilómetros al este de Blois, se llenaba de murmullos, conversaciones animadas y música que resonaba en todas sus paredes.
Estaban allí todas las familias invitadas. Era el baile más importante del año; las mascaradas siempre prometían sorpresas. Mujeres que se atrevían a seducir detrás de sus antifaces, y caballeros que buscaban descubrir qué había más allá.
El salón del castillo relucía con el brillo de las enormes lámparas, unas majestuosas cortinas de seda roja caían en las ventanas, el suelo brillaba y el techo y las paredes tenían llamativos diseños pintados en color oro.
Algunos retratos decoraban la habitación, y había unas cuantas sillas, a juego con las cortinas, para aquellos que no fueran a bailar.
Los elegantes carruajes se detenían junto a la puerta del castillo, y los empleados recibían a todos los invitados con una elegante reverencia que luego los conducía al salón principal.
Cuando la habitación estaba repleta de gente, la orquesta se preparó para el primer baile. Se formaron dos hileras, una de hombres y otra de mujeres, y comenzaron a bailar. Con un delicado primer paso, se abrió lugar a una coreografía rigurosa. Todos seguían el ritmo de la música y daban los pasos con exactitud. A veces aplaudían, otras, hacían resonar el suelo con sus zapatos.
Cambiaban las parejas, la gente sonreía, la música continuaba sonando y todos parecían ir al ritmo del agitado baile, excepto uno de los invitados.
Rezagado en una de las esquinas del salón, estaba Frédéric Goncourt, un hombre alto y apuesto, con un disfraz de pierrot, que iba a juego con su rostro maquillado de blanco. Sostenía la cabeza entre las manos, y su pelo castaño le caía desordenado hacia delante.
Cuando Diane miró a aquella esquina, inmediatamente dejó de bailar. Aunque no podía ver los brillantes ojos de Frédéric, sabía que era él. Podía reconocerlo sin importar la distancia que los separara.
Diane tenía sólo 16 años, pero su madre una vez le había dicho que Frédéric era el hombre para ella, y desde entonces, no había podido sacarse la idea de la cabeza. Aquella noche lucía un elegante vestido color rosa pálido y detalles blancos. Su larga cabellera rubia estaba recogida con una flor a juego con su vestido, y una pieza única adornaba su cuello delicado. Los ojos le brillaban por la esperanza de estar con Frédéric; estaba segura de que lo conquistaría en aquel baile.
Caminó hacia él, con pasos llenos de gracia, mirando coqueta a través de la máscara con sus ojos azules. Ensayaba en su cabeza una y otra vez las palabras.
“Buenas noches, Frédéric” – le dijo suavemente, y acompañó su saludo con una reverencia.
Él levantó la cabeza y dirigió su mirada hacia ella. Diane era la única capaz de quitarle todo el dolor y la culpa que sentía. Sus inmensos ojos azules lo invadieron de calma, se sintió renacer.
“Buenas noches” – respondió. “¿Qué ocurre que no estás bailando?” – le preguntó con una leve sonrisa en los labios.
Diane pudo sentir como sus mejillas se sonrojaban; pensó en decirle que lo único que quería era bailar con él alguna pieza, que no podía dejar de mirarlo a la distancia y que al fin había reunido el valor suficiente para acercarse a él y saludarlo.
“¿Qué ocurre que tú no estás bailando?” – dijo ella evadiendo la pregunta, y quitándose el antifaz que cubría su rostro.
Él la miró con detalle, seducido por la delicada línea de su sonrisa, cautivado por el brillo enigmático de sus ojos, y dejó que las palabras fluyeran de sí: “¿Me concederías esta pieza?” – dijo al tiempo que estiraba su mano para recibir la de ella.
Diane posó sus dedos con delicadeza sobre los de Frédéric y ambos caminaron a la pista de baile.
No dejaban de mirarse fijamente, y sus pasos iban al son de la música. Tras cada movimiento, una bocanada de aire impregnado con el dulce aroma de Diane quedaba flotando en el aire, y Frédéric hacía lo posible por conservar cada nota de aquella esencia en su memoria. Esos momentos le parecían maravillosos, le recordaban que valía la pena vivir.
Bailaron muchas canciones, un baile tras otro, y cuando por fin la orquesta se decidió a tocar la canción favorita de Frédéric, él decidió que era el momento indicado.
“Diane…” – comenzó diciendo, pero sus intenciones de hablar se vieron interrumpidas por gritos alarmados dentro del salón. Alguien había irrumpido en el baile montado en su caballo y blandiendo una espada.
“Pagarás por lo que has hecho” – gritó el hombre sobre el caballo, dirigiéndose a Frédéric. Él sabía precisamente de quién se trataba; no necesitaba ver su rostro para adivinarlo, y también conocía de antemano los cargos por los cuales lo estaban culpando. Aquella noche debía morir, o volver a matar.
Se bajó del caballo de un salto, y al sacarse su máscara, causó gran impresión en todos los presentes. Era Jacques, el hermano mayor de Frédéric.
“¿Qué está pasando?” – preguntó Diane con el rostro desfigurado por la impresión. Estaba asustada y confundida. Quería refugiarse en los brazos de su amado, pero aquella situación lo involucraba a él también.
Ocurrió lo que ella tanto temía. “¡Toma tu caballo y sígueme por el bosque!” – le dijo Jacques a su hermano, “Esta noche pagarás por haber asesinado a nuestra madre”.
Se escuchó un grito ahogado en toda la habitación, seguido de un murmullo incesante. Frédéric se alejó de Diane sin decir una palabra, y montó su caballo negro para salir a aquella fría noche de invierno y lanzarse en una batalla a muerte con su hermano mayor.
Galoparon hasta que se habían alejado lo suficiente de la fiesta. Se encontraban perdidos entre los 14 kilómetros de bosque que rodeaban el castillo de Chambord.
Entre insultos y frases entrecortadas por la rabia, Jacques se bajó de su caballo. Tenía 26 años, se parecía mucho a su hermano, pero era un poco más alto y musculoso. Lucía un disfraz, como si alguna vez hubiese tenido la intención de ir al baile.
Desenvainó su espada, y Frédéric le siguió. Inmediatamente, y sin pensarlo, se batieron a duelo. Se oía con nitidez el choque de los metales, y Jacques no dejaba de gritar. Guiado por la rabia, sus movimientos eran mucho más rápidos y acertados que los de Frédéric.
Parecía que el hermano menor estaba dispuesto a morir. Aquella tarde había envenenado a su madre sin piedad. Ahora, tal vez se arrepentía, y veía la muerte como el único castigo que podría liberarlo de la inmensa culpa que sentía.
No sabía por qué lo había hecho, ni siquiera sabía por qué seguía luchando si él mismo sentía que debía morir. Claire siempre había sido una mujer maravillosa, la mejor madre que pudo tener, y él estaba consciente de ello, pero todo había ocurrido en un momento de arrebato, y no había tenido la suficiente hombría como para confesarle a su hermano lo que había hecho. Escondió el cuerpo de su madre en el armario, y antes de cerrarlo, le cubrió con sus ropas los ojos aún abiertos que parecían preguntarle el motivo de aquel asesinato.
Sumido en sus pensamientos, casi no alcanzó a notar cuando Frédéric lo atravesó con su espada afilada.
Aunque la herida no había sido en su corazón, no tardaría en morir desangrado.
Escuchó que algunos carruajes llegaban al lugar donde se encontraban, pudo oír también los gritos de Diane, que le rogaba desde la lejanía que tuviera fuerzas, que no la dejara. Sintió cómo su mejor amigo, Loic, lo levantaba del suelo. Y otros dos asistentes al baile, a quienes no pudo reconocer, lo ayudaban en vano.
“Jamás podré perdonarte”, dijo Jacques, y eso fue lo último que Frédéric alcanzó a oír antes de que su corazón dejara de latir. Aquella noche se llevaba a la tumba el amor, la esperanza y la culpa.
jueves, 22 de marzo de 2012
Prepráctica para papás
Transeúntes y automovilistas nos miraban extrañados. En cada semáforo, a uno que otro se le escapaba una sonrisa o un gesto de incomprensión. No era para menos, pues Guillermo, mi pololo de 23 años, manejaba una Kia Carnival con 5 niños en su interior y conmigo de copiloto. Para volver la situación aún más divertida, Guillermo llevaba unos lentes de mujer que no pasaban desapercibidos.
Por supuesto que la van no nos pertenecía, ni mucho menos los niños que viajaban en su interior. Todo aquello era un préstamo del hermano mayor de mi pololo. Era día de cuidar a los pequeños, y los lentes eran un complemento ideal según él porque volvían aquella situación aún más inusual para cualquiera que observara desde fuera.
Parecían preguntarse cómo era posible que existieran padres tan prematuros, o miraban con cara de interés; tal vez intentando averiguar dónde nos habíamos conseguido cirugía plástica con tan increíbles resultados.
Ignoramos las miradas, a ambos nos divierte un poco hacer el ridículo.
En la Kia, sonaba el hit de este verano a todo volumen. “Nossa, nossa…” cantábamos todos a coro. Blanquita y María tenían una coreografía rigurosamente ensayada, ambas coincidían con perfección en cada uno de los pasos. Juanito e Ignacio hacían movimientos a toda velocidad y seguían el ritmo de la música. Por su parte Domingo, el más pequeño de todos, hacía su aporte con sonrisas y aplausos que sazonaban de ternura aquella escena particular.
Fue lo mismo con cada una de las canciones que escuchamos durante el trayecto. Todos querían demostrar sus talentos, y mi pololo y yo no dejábamos de corear cada una de las melodías.
Llegamos a la piscina en la casa de mi suegra, y los niños bajaron del auto gritando y cantando restos de la canción que acababa de sonar.
“Niños en una pieza, niñas en la otra”, dijo Guillermo cuando entramos a la casa. Todos acatamos la instrucción, y en poco tiempo estábamos listos para disfrutar de una tarde de piscina que resultaría inolvidable.
Domingo se nos adelantó. Saltó al agua sin siquiera pensarlo, y sus risitas encantadoras nos persuadieron de seguir su ejemplo. Mi pololo salió tras él, y comenzaron una serie de piqueros que serían la entretención del pequeño de dos años hasta el final de la tarde.
Nadamos, nos reímos e hicimos competencias de todo tipo. Juanito deslumbró con las mejores bombitas de agua, salpicando a todo lo que había a su alrededor; María demostró su talento con las volteretas acuáticas, que ejecutaba con rapidez hacia atrás y hacia adelante. Ignacio probó su puntería dándole en la cabeza a mi pololo con una pelota de fútbol, y Blanquita hacía eternas invertidas dentro de la piscina.
Luego de un par de horas, nuestra presencia en el lugar dejó de parecer tan agradable. Los gritos del grupo provocaron que algunas personas nos miraran con cara de disgusto, sin embargo, a ninguno de nosotros pareció importarle. Íbamos a pasar un buen rato, y nada podría cambiar eso.
Probablemente, ninguno de los adultos presentes en el sector pensó que podíamos hacer más ruido del que ya estábamos haciendo; pero tuvimos la brillante idea de jugar Marco Polo, y la paz se escapó por completo de sus manos. Algunos incluso decidieron abandonar el lugar, probablemente por sanidad mental.
Estábamos en evidente desventaja cada vez que a Juanito le tocaba pillar. Le hacía honor a sus talentos en natación braceando tan rápido que no alcanzábamos a escapar. Guillermo y yo teníamos un juego seductor, en que nuestras voces se buscaban la una a la otra y nos perseguíamos con delicadeza. Domingo jamás pudo entender cuándo era que tenía que responder “Polo”, a pesar de eso, sus sonrisas delataban que estaba pasando un buen rato con nosotros.
Abandonamos la piscina a eso de las siete de la tarde sólo porque el frío ya era excesivo. Nos secamos rápidamente con las toallas, envolvimos a los más pequeños en las suyas y subimos al departamento entre risas y canciones incompletas.
Mi suegra nos esperaba con una once de niños en la cocina. Me sentí pequeña otra vez cuando me preguntó si prefería un paquete de galletitas con forma de dinosaurio, o uno de Oreo. Nos sentamos todos a la mesa y comenzaron los chistes. Cada uno tenía los suyos para contar, y todas las veces yo era la última en entender. Nos reíamos a carcajadas de la incoherencia de algunos, de la ordinariez de otros, y de mi bajo nivel de comprensión para los chistes.
Cuando volvimos a la casa de los niños nos esperaban en el refrigerador unos helados que mi pololo había comprado de sorpresa. Servimos potes repletos de helado de frambuesa, chocolate y manjar chips. Parecía nuestra segunda once del día, pero la agitada tarde de piscina que habíamos tenido justificaba tanto apetito.
En la mesa conversamos sobre el mago enmascarado. Cada uno me contó su truco preferido. Ignacio resultó ser un fanático de la magia, y me contaba con brillo en los ojos sobre los capítulos más impactantes.
A pedido de los niños, el día terminó con maratón de películas. En una pieza estábamos Domingo, María, Ignacio y yo viendo “El Gato con Botas”, y en la otra, Blanquita, Guillermo y Juanito viendo la primera parte de “Harry Potter y las reliquias de la muerte”. El pequeño de dos años pidió sentarse a mi lado, y me dio un beso en el brazo que pareció una señal de agradecimiento por aquel día tan divertido que les habíamos regalado. Comimos palomitas de maíz y disfrutamos de las películas.
Cuando llegó la hora de irnos, los niños nos suplicaron que nos quedáramos un rato más; sin embargo, ya era demasiado tarde, y yo debía volver a mi casa.
“Pronto será mi cumpleaños”, les dije, “me encantaría que me acompañaran ese día; podríamos ir todos juntos a tomar un helado”. Pareció encantarles la idea, y María incluso propuso que después de los helados cocináramos pizza en su casa.
Tomé a Domingo entre mis brazos y le di un sonoro beso en la mejilla. Cuando lo dejé en el suelo, Guillermo me miró sonriendo y dijo “Aún no estoy listo para ser papá”. Sólo esa frase bastó para que se ganara un golpecito en el brazo.
A la mañana siguiente, recibí el correo de la coordinadora de carrera solicitando que inscribiera mi último ramo "¿No habrá una prepráctica para papás?", me pregunté.
miércoles, 21 de marzo de 2012
Enamorada, eso es seguro
Si quisiera tener miedo, podría vivir amarrada en la simple duda que me deja tu ausencia. Si quisiera volverme loca, podría besarte hasta no respirar; podría desnudarte el cuerpo y enredarme en tus secretos.
Si quisiera sentir decepción, podría vivir esta vida sin mirarte otra vez. Si quisiera estar enojada, podría no volver a escuchar tus disculpas.
Si quisiera sonreír, sé que basta con acercarte a mí; y si quisiera que una carcajada me invadiera de forma inevitable, sólo tengo que empezar por hacerte reír.
Sé que si quiero cantar, puedo cantar contigo... Sé que si avanzo, avanzamos juntos.
Y si no quisiera estar enamorada... Ya no hay nada que pueda hacer al respecto.
Si quisiera sentir decepción, podría vivir esta vida sin mirarte otra vez. Si quisiera estar enojada, podría no volver a escuchar tus disculpas.
Si quisiera sonreír, sé que basta con acercarte a mí; y si quisiera que una carcajada me invadiera de forma inevitable, sólo tengo que empezar por hacerte reír.
Sé que si quiero cantar, puedo cantar contigo... Sé que si avanzo, avanzamos juntos.
Y si no quisiera estar enamorada... Ya no hay nada que pueda hacer al respecto.
Sola, loca, culpable.
Termina la primera, y última clase del día. Yo canto a viva voz una de mis canciones favoritas de la infancia: "Two in a million". ¿Y que más puedo hacer si el grupo que admiraba a mis siete años se ha vuelto a reunir?
El recuerdo me remece el corazón, siento un leve escalofrío y paso a la siguiente canción. "S Club!", gritamos a coro.
Es día polémico, día de alianzas, día de estar floja y no hacer nada más que escribir.
Todo comenzó esta mañana con los Trending Topic en Twitter que no pudieron pasar desapercibidos, qué no ocurría hoy? Estábamos llenos de "eventos".
A tanta noticia, le siguieron un par de waffles con poca miel. Odio cuando se acaba y tengo que maltratar el envase con tal de conseguir una gotita de su contenido ¿A quién no le ha pasado?
Llegué tarde, como siempre, y bailé como nunca.
¡AZUL! ¡AZUL! Estábamos llenos de entusiasmo, dispuestos a ganar todas las competencias a costa de (casi) cualquier cosa.
Luego lo inesperado; la rabia desatada, la copucha en su máxima expresión y un vaso de agua que me pareció eterno.
Mi "Galán Galeno" me ha tenido abandonada todo el día; temas de trabajo, por supuesto. Yo sólo me pregunto si hará falta que ponga un aviso de "Se busca reemplazante". ¿Qué hago si estoy cariñosa y el cabro es tan trabajador? Pequeño detalle, olvidé decirle que en mis complejos de princesa necesito de su amor las 24 horas del día. (Bueno, bueno... Tal vez no taaaanto)
Quiero irme a dormir. Puede ser culpa; mi subconsciente sabe que son las ocho de la noche y aún no he hecho nada.
"¿Que importa?", me pregunta sarcástico el pequeño demonio en mi hombro izquierdo...
Me lleno la boca de cereales y doy media vuelta para contemplar mi cama con deseo.
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